Cada vez que regreso a casa recuerdo que debo ponerme en marcha y tramitar cuanto antes una queja sobre el trazado de la autopista C–31 por su paso por Sant Adrià del Besos.
La verdad es que como alguna semana paso por ahí tan sólo en una ocasión, cuando me aposento en mi casa me olvido de mi incomprensión y sólo a la semana siguiente se me vuelve disparar.
Tanto es así que mes tras mes han retocado también el trazado de la Nacional II entre Mongat y Mataró y ahora, por irreconocible, además de esa indignación, durante 50 km saco humo como una olla a presión.
Supongo que si algo me detiene es que como cualquier ciudadano de a pie, ese brote de mala leche se me cuaja por el camino por tanto vaivén de aquí para allá. Aunque resulte redundante, el problema de la administración es que está tan administrada que te pierdes sin saber quién administra a quién.
Desde que cambiaron los nombres de las autopistas y, por ejemplo, la A–18 pasó a C-58 o la A–19 se ha transformado en C–31 para en unos pocos kilómetros convertirse en C–32, voy más extraviada que un GPS sin baterías.
El punto fatídico de mi crítica se refiere al momento en el que desde la ronda litoral te incorporas a la C-31. Nada extraordinario, si no fuera que te encuentras a mano derecha un carril sin aceleración, repleto de tráfico de camiones y coches procedentes de San Adrián del Besos, que deben incorporarse en nuestro carril.
Quizás si fuera la primera vez que circulara por allí, reseñaría sólo su peligrosidad, uno más de los puntos negros de nuestras carreteras, similar a otras entradas que en lugar de facilitar la incorporación con varios metros de aceleración, te obligan a frenar en seco o invadir el carril con sus posibles consecuencias. Sin embargo, me desespera, porque durante muchos años el diseño había sido otro y, francamente, mucho menos conflictivo.
Escuchando algunas estadísticas se revela que la retirada de puntos es insuficiente para prevenir accidentes. ¿Por qué? Muy sencillo, quizás desde las administraciones han procurado justificarse culpando única y exclusivamente al conductor, y llega el momento de que todos asumamos nuestra parte de responsabilidad.
¿Quién habrá dibujado, delineado u orquestado ese despropósito de carretera? ¿Cuántas nacional II habrán por todo nuestro país? Me atrevería a calificarlas como nacionales asesinas, las decoran con glorietas que devoran metros de asfalto y convierten a menudo una intersección en una encrucijada.
Sí, tal vez todos deberíamos entonar el “mea culpa” y aceptar nuestros errores. Conductores respetuosos con las normas y las señales, pero señales razonables y no acertijos.
Se me antoja que tanta oscilación de dos carriles a uno y viceversa, de semáforos y rotondas, de arcenes gigantescos, de señales de radar... es la pretensión de luchar contra el exceso de velocidad en zonas urbanas e interurbanas. Pienso que tal vez, mejor que elucubrar un laberinto, sería la gratuidad de la autopista. Seguramente entonces nadie circularía a 80 donde marcara 50 km/h. Quizás entonces, sí se entendería o incluso se exigiría severidad en las sanciones.
Sí, me encantaría exponer mi caso, mi queja u opinión... pero, ¿a quién? ¿Al ayuntamiento de Sant Adrià, al de Badalona, al de Barcelona? ¿Acaso a la Diputación? ¿O al MOPU? Probablemente a la papelera de mi casa.




