Ayer sentí asco. Ese asco que brota desde la rabia del alma, indignada y enfurecida por la propia impotencia de no saber cómo atajar tanto maltrato gratuito.
Me dolió, me dolió mucho, porque Svaleva no era una mujer más menoscabada, no era otra víctima más de esa violencia de género.
Yo vi a su asesino arrodillado, pidiéndole una segunda oportunidad y que se casara con él. Ella fue categórica: "No". Poco más dijo que ese no, pero tuve la impresión que sus ojos también hablaban. Hoy, desgraciadamente, no me queda ninguna duda, su mirada reflejaba la incomprensión, como si con el silencio le preguntara por qué le suplicaba perdón después de todo.
Debía aceptar su decisión, le dijo la presentadora. Él no contestó, únicamente se encogió de hombros.
Y me dolió, porque tuve un pálpito, un presentimiento ... coincidencia o casualidad, pues en aquel momento me pregunté qué sucedería si el no se resignaba. Ya no es una respuesta a mi presagio, es el vil acto de quien mancha sus manos de sangre.
¿Cómo combatir la violencia? Svaleva, como otras muchas, no podrán rehacer su vida, aunque es hora de poner límite a ese salvajismo que no acaba. No nos equivoquemos, un maltrato no es sólo un golpe, es la violación de los derechos por el ultraje, por el menosprecio y la humillación.
Cuando el amor mata, eso no es amor, es desprecio a los sentimientos y a la estima. Un maltrato nunca será amor sino la inferioridad y la cobardía de quien se arma de razón abusando de su fuerza. Nadie pertenece a nadie. Nadie es posesión de nadie. Nadie puede arrebatar la vida a otro.
¡Qué asco sentí anoche! Rabia, impotencia, indefensión... ¿cómo poner cordura entre tanta locura?
Durante muchos siglos hemos mantenido silencio. Pongamos ya voz a ese desvarío con contundencia y sin perdón. Eso no es amor.






