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Nací una tarde primaveral de marzo de 1968 en la ciudad de Barcelona y ya de buen principio mostré con mis gorgoritos mis grandes dotes para el arte musical.

Y ¿cómo no iba a quejarme de que extraños invadieran mi intimidad para sacarme de mi cálida y flotante casa, y que además de los achuchones la emprendieran con palmaditas en mi culo?

Pero allí estaban aquellos brazos que me infundían seguridad y confianza, aquellos besos que me traspasaban calor y aquella voz que me susurraba cuánto me quería. Nos habían cortado el cordón umbilical, aunque el lazo que a partir de entonces nos uniría, sería mucho más intenso.

No recuerdo si fui yo la que llamé a la puerta o fueron ellos quienes me la abrieron, pero aquel matrimonio, uno de los tantos que hacía años habían emigrado de una aldea de Galicia y que tenían ya una parejita de 10 y 7 años, se sorprendió ante el anuncio de la próxima buena nueva. Imagino que en las primeras horas sentirían la misma alegría que cuando a tu equipo de fútbol, en el último minuto de la segunda mitad, le meten un gol por un fallo en la defensa.

No era un niño tal y como mi madre prefería; no obstante, esa hija no buscada pero sí deseada, entraba a formar parte de la familia Rodríguez Huertos y escogieron para mí el nombre de mi abuela paterna, Dolores.

 

de la  Introducción de  Retales de una Vida